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Cuando ese día, de mañanita, sin que nadie supiera quién era ni de dónde venía, apareció Tomasín en la plaza de Monteverde, una vieja, que fue la primera en verlo, se sonrió y dejó escapar esta simpática impertinencia: —¿Para dónde van bigotazos con ese hombrecito? La vieja tenía razón. Tomasín no era ningún gigante. Por el contrario: era un hombrecito de escasamente uno con cincuenta de estatura, ni flaco ni gordo, pero, eso sí, con un fértil y arisco bigotazo que llamaba la atención en todas partes, corno acababa de hacerlo en ese instante, y que le había granjeado el apodo de Tomasín Bigotes, por el cual era conocido.